Este texto se enmarca en la serie Valencianos de leyenda que dedicamos a figuras ilustres de nuestra historia.
Isabel de Villena, cuyo nombre de nacimiento fue Elionor de Aragón y Castilla, nació probablemente en Valencia en 1430 -o, al menos, esto es lo que se supone, a pesar de que no está documentado. La niña habría nacido en el seno de una familia vinculada a la realeza y era hija natural de Enrique de Aragón y Castilla y, por tanto, descendiente directa de los reyes de Aragón y de Castilla, circunstancia que le otorgaba una posición delicada dentro de la compleja política dinástica de la época. Huérfana de padre a los cuatro años, de su madre apenas se tienen noticias; pero sí que sabemos que su educación y su protección quedaron entonces bajo la responsabilidad de María de Castilla, esposa de Alfonso el Magnánimo, quien la acogió en la corte valenciana y ejerció sobre ella una influencia decisiva.
En aquel ambiente cortesano, profundamente religioso y culto, Elionor recibió una formación refinada y fue orientada desde muy joven hacia la vida monástica. La decisión no respondía únicamente a motivos espirituales, sino también políticos: como descendiente de sangre real, podía convertirse en pieza clave de posibles disputas sucesorias. Ingresar en un convento suponía apartarla de cualquier matrimonio que pudiera generar aspiraciones al trono. Así, María de Castilla impulsó su ingreso en el monasterio de la Trinidad de Valencia, perteneciente a la orden de las clarisas y situado estratégicamente junto al palacio del Real de Valencia.
En 1446, tras tomar el hábito, profesó como religiosa y adoptó el nombre de Isabel, probablemente en honor a santa Isabel de Portugal, antepasada suya. Tenía entonces alrededor de dieciséis años. Desde ese momento, Isabel de Villena quedó apartada del mundo exterior, aunque nunca perdió el refinamiento cultural y la educación recibida en la corte. Su vida transcurrió dentro del monasterio, donde desarrolló una intensa actividad espiritual, intelectual y administrativa.
En 1463 fue elegida abadesa del convento de la Trinidad, cargo desde el cual impulsó importantes obras de reconstrucción y mejora del monasterio. Tras la muerte de María de Castilla en 1458, Isabel continuó recibiendo apoyo económico de nobles y personajes destacados de la sociedad valenciana, entre ellos el poeta Ausiàs March y el escritor Jaume Roig. Este último, autor de la obra misógina Espill, representa precisamente una de las corrientes literarias contra las que algunos críticos han querido interpretar la obra de Isabel de Villena como respuesta.
La abadesa destacó también por su sólida formación intelectual. Aunque se han perdido algunos escritos que se le atribuyen, como un Speculum animae y varios sermones, su prestigio como mujer sabia fue ampliamente reconocido en vida. Diversos autores y eclesiásticos le dedicaron obras o le dejaron testimonios de admiración. Entre ellos se encuentran el obispo auxiliar Jaume Peres, el canónigo Jaume d’Eixarc y escritores como Bernat Fenollar o Miquel Peres.
Sin embargo, Isabel de Villena ha pasado a la historia principalmente por su obra Vita Christi, escrita en valenciano. Este texto religioso constituye una de las grandes obras de la literatura medieval valenciana y ofrece una visión innovadora de la vida de Jesucristo. Frente a las interpretaciones tradicionales, centradas casi exclusivamente en la figura masculina de Cristo, Isabel otorgó un protagonismo esencial a las mujeres, especialmente a la Virgen María y a María Magdalena. Para la autora, la redención humana no podía entenderse sin la intervención de María, lo que confería a la mujer un papel fundamental dentro de la historia de la salvación. Las figuras femeninas cobran, por tanto, una especial relevancia en el relato ideado por la abadesa.
De hecho, la Vita Christi comienza no con la Anunciación, como era habitual, sino con el nacimiento de la Virgen María, mostrando desde el principio el interés de Isabel por destacar la figura femenina. Por otra parte, a lo largo de la obra, María Magdalena aparece retratada casi como una discípula privilegiada de Cristo, y en este mismo sentido cabe destacar que la Virgen ocupa un espacio central en el relato espiritual. Además de su valor religioso, la obra destaca por la riqueza de sus descripciones, la intensidad emotiva de los episodios de la Pasión y la elegancia de su lengua literaria.
Isabel de Villena murió en Valencia el 2 de julio de 1490, probablemente víctima de la peste que asolaba la ciudad en aquel momento. No pudo concluir completamente su obra, aunque sus compañeras del convento se encargaron de preservar el manuscrito. Gracias al interés de la reina Isabel la Católica y a la labor editorial de la abadesa Isabel de Montsoriu, la Vita Christi fue publicada en 1497, siete años después de la muerte de su autora. Posteriormente tuvo nuevas ediciones, en 1513 y 1527, lo que demuestra la difusión y el prestigio que alcanzó.
La crítica literaria moderna ha reivindicado la figura de Isabel de Villena como una de las voces más importantes de la literatura valenciana medieval. Algunos estudios han querido ver en ella una precursora del feminismo, aunque quizá resulte más adecuado hablar de una mirada femenina y profundamente humanizada del mundo religioso. Desde el interior del convento, Isabel supo construir una obra original y culta que otorgó dignidad y protagonismo a las mujeres en un contexto cultural dominado por visiones masculinas. Por ello, hoy es considerada la primera gran autora clásica de la literatura valenciana y una figura imprescindible de nuestra cultura medieval.
La presencia de Isabel de Villena -una de las primeras mujeres escritoras de quien conocemos su nombre y sus apellidos- en la Europa de la Edad Media, es un aspecto relevante de nuestras letras, que durante el siglo XV tuvieron su epicentro en Valencia, generando lo que ha venido en llamarse «Siglo de Oro».
Por Vicent Josep Escartí, Catedrático de Filología Catalana de la Universitat de València