Este texto se enmarca en la serie Valencianos de leyenda que dedicamos a figuras ilustres de nuestra historia.
El 18 de abril de 1480 nacía en la fortaleza de Subiaco Lucrecia Borja (italianizado Borgia), hija del cardenal valenciano Rodrigo de Borja y de la romana Vanozza de Catanei, de quien heredó el color sonrosado de su piel y los rubios cabellos ondulados.
Su primera infancia transcurrió en la casa de su madre, cerca del palacio del cardenal Borja en Roma, y a los ocho años pasó a vivir con la prima de su padre, Adriana del Milà, viuda de Ludovico Orsini, quien se encargó de su educación. Con diversos maestros aprendió a leer y escribir y recibió nociones de gramática y literatura clásica, además de aprender música, danza y bordado, materias habituales en la educación de las muchachas de familia noble. Al igual que sus hermanos, César, Juan y Jofré, hablaba italiano, castellano y valenciano, sabía algo de latín y un poco de griego.
Cuando tenía 11 años su padre pensó casarla con el noble valenciano Querubín de Centelles, señor de Ayora; pero el compromiso se rompió un año después, al estipular el cardenal un nuevo contrato matrimonial con Gaspar de Prócida, hijo del conde de Aversa y primo del rey Ferrante de Nápoles. Mas cuando el 11 de agosto de 1492 Rodrigo de Borgia fue elegido papa se pasó por alto este acuerdo, y el 2 de febrero de 1493 Lucrecia se desposaba por procurador con Juan Sforza, conde de Cotignola y señor de Pesaro, pariente del duque de Milán Ludovico el Moro, con quien el papa había establecido una alianza para complacer al cardenal Ascanio Sforza, que había sido su gran elector; las bodas se celebraron solemnemente en el Vaticano el 12 de junio de 1493. A su lado Lucrecia no fue feliz, por el carácter retraído y taciturno de su esposo, que la doblaba en edad.
El matrimonio duró cuatro años, pues, por miedo al rey Carlos VIII de Francia, que había bajado a la península itálica para conquistar el reino de Nápoles, Alejandro VI abandonó el partido milanés (aliado del rey de Francia) para acercarse al rey de Nápoles y a los Reyes Católicos. El 19 de diciembre de 1497 anuló el matrimonio de su hija, con el pretexto de que no se había consumado por impotencia del esposo. Entonces, Sforza, despechado, propaló la calumnia de que Lucrecia mantenía relaciones con su padre y con sus hermanos, lanzando sin fundamento una sombra de inmoralidad sobre ella, que dio pábulo a la leyenda negra que aun hoy la persigue.
Afectada por el proceso de anulación y por el asesinato de su hermano Juan, Lucrecia se retiró al convento dominicano de San Sixto, negándose a ver a nadie excepto al joven camarero papal Pedro Calderón, Perotto, que le traía las misivas de su padre, el papa, quien pensaba en un futuro matrimonio de Lucrecia y la exhortaba a salir de su aislamiento conventual. Este encierro hizo que se esparciera por Roma el rumor de que se debía a un embarazo, y la habladuría creció cuando el 14 de febrero de 1498 Perotto fue encontrado ahogado en el Tíber. A primeros de marzo un diplomático escribía: “en Roma se tiene por cierto que la hija del papa ha parido”. La cuestión es incierta; lo único seguro es que en 1498 nació en el seno de la familia Borja un niño llamado Juan, el “infante romano”, que algunos creían hijo de Lucrecia, si bien parece ser que lo era del pontífice.
A pesar de estos maliciosos rumores a la hija del papa no le faltaban pretendientes entre las más nobles familias romanas, pero Alejandro, que en este momento pensaba reforzar su alianza con Nápoles, le eligió como esposo a Alfonso de Aragón, duque de Bisceglie, sobrino del rey Federico I de Nápoles, un joven gentil y de hermoso porte. El matrimonio se celebró en el Vaticano el 21 de julio de 1498 y marcó el inicio de una época de felicidad para Lucrecia, que sentía por él “una auténtica pasión” (según relataba el orador mantuano Carlo Canale). Pero la felicidad duró poco, pues apenas un mes después del matrimonio, César Borja renunció al cardenalato para seguir la carrera de las armas, y el papa aprovechó la ocasión para equilibrar su política, acercándose a Francia, regida ahora por Luis XII –quien pretendía derechos sobre el ducado de Milán y el reino de Nápoles–, para que respaldase las campañas militares de César en la Romaña, que se había aliado con el francés.
En esta coyuntura el duque de Bisceglie representaba ahora un obstáculo para la nueva política papal y de César; consciente del peligro, Alfonso huyó de Roma el 2 de agosto de 1499, mientras Lucrecia, embarazada de seis meses, no hacía más que llorar por su partida. Para confortarla, Alejandro la nombró gobernadora de Spoleto y de Foligno, y el 18 de agosto abandonó Roma para tomar posesión de estos cargos. En Spoleto se reunió con Alfonso, y el 23 de septiembre ambos fueron a visitar al papa en Nepi, quien la nombró señora de esta plaza. El 14 de octubre Alfonso y Lucrecia volvieron a Roma y el 1 de noviembre dio a luz un niño, al que se bautizó con el nombre de Rodrigo.
La noche del 15 de julio de 1500 Alfonso fue herido gravemente por unos desconocidos en la plaza de San Pedro. Llevado a la sala de las Sibilas de los apartamentos papales, Lucrecia se encargó de cuidarlo amorosamente, hasta que el 18 de agosto fue estrangulado en su lecho por el valenciano Michelotto (Micalet) Corella, un sicario de César. Desolada, la “infelicísima” Lucrecia no se dio consuelo, hasta el punto que su padre la reprendió agriamente por abandonarse a su dolor. Esto le hizo ver que hasta ahora había sido víctima de los manejos políticos de este, por lo que decidió alejarse de él y abandonó Roma para retirarse a su ciudad de Nepi.
Cuando volvió a Roma a inicios de diciembre se encontró con que Alejandro ya había iniciado tratativas para un nuevo matrimonio, esta vez los pretendientes eran un primo del rey de Francia y Francesco Orsini, duque de Gravina, pero ambos fueron rechazados por Lucrecia, quien, cuando el papa le preguntó la razón, respondió: “porque mis maridos acaban mal”. Finalmente, Alejandro encontró un candidato del agrado de su hija y suyo: Alfonso d’Este, heredero del ducado de Ferrara, pues este matrimonio le otorgaría una elevada posición, le permitía alejarse de Roma y ponerse a salvo de las intrigas pontificias, y al papa le reportaría un valioso aliado. Los despachos de los embajadores ferrareses presentan a Lucrecia como prudente y sabia, afectuosa, gentil y bondadosa, aunque amiga del lujo y caprichosa; destacaban que no era una gran belleza, pero su aspecto era atractivo, tenía un trato agradable y era buena conversadora, amén de que había heredado la fascinación y las dotes diplomáticas y administrativas de los Borja. De hecho, a finales de junio, al ausentarse de Roma para ponerse al frente de sus ejércitos en una campaña dirigida a someter a los nobles rebeldes del Lacio, el papa le había encomendado la administración del palacio apostólico, con autorización para abrir las cartas que llegaran, algo que resultaba inaudito, pues suponía ponerla al frente, temporalmente, del gobierno de los Estados Pontificios.
Aunque el duque Hércules de Ferrara se oponía a este matrimonio, Alejandro VI logró vencer su oposición después de largas negociaciones (y la promesa de una copiosa dote), que se concluyeron el 26 de agosto de 1501 con la firma del contrato matrimonial. El 1 de septiembre una reavivada y alegre Lucrecia se desposaba por procurador en el castillo ducal de Belfiore, en Ferrara, y el 30 de diciembre hacía lo mismo en el Vaticano. Y tras una semana de festivas celebraciones, el 6 de enero de 1502 dejaba Roma con la impresionante comitiva de casi un millar de personas, llegando a Ferrara el 2 de febrero, donde fue recibida suntuosamente con grandes festejos.
La vida de Lucrecia en Ferrara no fue distinta de la que se desarrollaba en otras cortes principescas y transcurría monótonamente entre juegos, fiestas, recibimientos, bailes y otras diversiones solo interrumpidas por los periodos de luto o por sus embarazos. Sus primeros años en Ferrara se vieron ensombrecidos por la cortés frialdad con que la trataba su suegro y la mezquindad que mostraba al controlar sus gastos. Además, su rudo esposo solo se acercaba a ella para cumplir los deberes maritales, y estaba ausente la mayor parte del tiempo. La oposición más fuerte la encontró en su cuñada Isabel d’Este, marquesa de Mantua, quien no desaprovechaba ocasión para criticarla, aunque después tuvieron un trato cordial. Su único alivio era el pequeño grupo de damas españolas que logró mantener consigo, entre las que destacaba su prima, la coqueta Ángela Borja.
A causa de las tediosas discusiones con su suegro por el tema de sus gastos se retiró, deprimida, al convento de las clarisas, sin saber que estaba embarazada. Y cuando volvió a la corte, su marido, aunque complacido con la idea de un próximo heredero, apenas la veía. El húmedo verano de 1502 contrajo la malaria y estuvo a las puertas de la muerte. El papa le envió su médico personal, y su hermano César al famoso médico valenciano Gaspar Torrella, cuyos esfuerzos fueron vanos, pues consumida por la fiebre y la disentería el 5 de septiembre dio a luz una niña sietemesina muerta.
En estos años Lucrecia tuvo pocas alegrías, aliviadas únicamente por sus damas de compañía y por las atenciones del poeta cortesano Ercole Strozzi, quien se convirtió en su confidente. Al salir de su enfermedad este la invitó a su villa de Ostellato, para que se recuperase en el campo. Allí conoció a otro poeta, el veneciano Pietro Bembo, con quien inició una relación epistolar galante, que duró hasta 1517. Y entre 1504 y 1505 mantuvo una correspondencia de tono sentimental con el marido de su cuñada, el duque de Mantua, Francisco Gonzaga, que dio origen a muchos chismes.
La muerte de su padre, el 18 de agosto de 1503, no cambió su posición en Ferrara, y le hizo caer en una profunda postración, al sentirse extraña, en una ciudad hostil, con un marido indiferente y un suegro avaro, a lo que se unía el temor por la suerte de su hijo Rodrigo (fruto de su unión con Alfonso de Aragón), quien tras una breve estancia en Ferrara fue encomendado a la tutela de su tía, Isabel de Aragón, duquesa de Bari. Pero lo cierto es que esta muerte jugó a su favor, pues la liberó de la alargada sombra de su padre y dejó de ser un instrumento de los intereses políticos de este; poco a poco el encanto de su personalidad comenzó a vencer la animosidad que despertaba y pudo hacer una vida propia. A ello contribuyó también la muerte del duque Hércules, el 25 de enero de 1505. Su esposo Alfonso, convertido en nuevo duque de Ferrara, la puso al frente de un tribunal encargado de escuchar las peticiones de sus súbditos, lo que representaba un reconocimiento de sus capacidades y un signo de confianza en ella. Y cuando el duque se ausentó unos meses en 1512, a causa de un viaje a Roma para reconciliarse con el papa Julio II, la dejó como regente del ducado, con el auxilio de su hermano, el cardenal Hipólito d’Este. Como digna Borja, Lucrecia mostró ser una buena administradora, y la población de Ferrara la llamaba “la buena duquesa” por la rectitud de su gobierno y sus obras de caridad, pues llegó a empeñar sus joyas para atender a los pobres.
De su matrimonio con Alfonso d’Este Lucrecia tuvo nueve hijos: una niña abortiva en 1502; en 1505 nació Alejandro, que murió al mes de nacer; otro niño abortivo en 1507. En 1508 dio a luz a Hércules, que sucedió en el ducado, seguido en 1509 de Hipólito, que sería cardenal; en 1514 tuvo a Alejandro, que murió dos años después; en 1515 parió a Eleonora, y en 1516 a Francesco, y por último a Isabel María en 1519. Consumida por este último parto, Lucrecia murió la madrugada del 24 de junio, a causa de una fiebre puerperal, en presencia de su desconsolado marido. Fue sepultada con el hábito franciscano en la iglesia del convento de clarisas del Corpus Domini, en el panteón de la familia d’Este.
Mujer gentil y en cierta medida culta, de temperamento apasionado, tuvo que sufrir bajo el peso de los pecados de su familia más que por los suyos propios, y dio al final ejemplo de vida honesta. Sus últimos años se caracterizaron por apartarse del lujo y mostrar una creciente religiosidad: intensificó su vida de oración y la lectura de la Biblia, erigió hospitales, ingresó en la tercera orden franciscana, fundó el convento de clarisas de san Bernardino y corrió la voz de que en sus últimos años usaba cilicio. La mitad de los libros de su modesta biblioteca eran devocionales (las Epístolas de Santa Catalina de Siena, el Dotzé de Lo Cristià de Francesc Eiximenis en valenciano, la Vita Christi del Cartujano también en valenciano, la Scala del Paradiso, y varios libros de horas, breviarios y vidas de santos, entre otros). Aunque tenía también la Divina Comedia de Dante, un Petrarca, un cancionero español (el famoso Cancionero de Módena), la gramática latina de Donato y otros libros profanos. Cabe destacar que no poseía libros de humanistas, aunque reunió en su corte a algunos de los más relevantes de Italia, como Pietro Bembo, Ludovico Ariosto o el citado Strozzi, a los que patrocinó y que le dedicaron algunas de sus obras, por lo que contribuyó a que Ferrara se convirtiera en un centro importante de creación artística y cultural del Renacimiento italiano.
Los juicios contemporáneos sobre su persona varían según se refieran a su periodo romano o al ferrarés. Mientras los últimos son unánimemente favorables, y destacan el atractivo de su persona, su inteligencia y sus virtudes; los primeros critican su presunta inmoralidad, que fue divulgada por los enemigos de los Borja. La leyenda negra de Lucrecia como mujer fatal, envenenadora y lasciva, alcanzó su ápice más absurdo en 1833 con la obra de Victor Hugo, Lucréce Borgia, que inspiraría la ópera homónima de Gaetano Donizetti. A este respecto debemos notar que todas las acusaciones lanzadas por sus contemporáneos se basan en rumores y su finalidad era política, pues buscaban atacar a Alejandro VI y a César más que a Lucrecia, por lo que, a la luz de su posterior vida en Ferrara, podemos concluir que fue víctima de la oposición a la política de su padre y de su hermano César.
Por Miguel Navarro Sorní, Catedrático de Historia de la Iglesia. Faculta de Teología de Valencia (UCV)