La rebelión del arte

Víctor J. Vázquez
11/07/2024

Los artistas reclamaron, en un momento determinado, un espacio propio sobre el que ejercer su soberanía. Deleuze los definió como animales territoriales, en tanto delimitaban, con su pensamiento y acción creativa, un lugar donde su acción no podía ser restringida ni por la sociedad ni por el Estado. La idea del arte por el arte, la reivindicación de la esfera, del sistema del arte, como un mundo aparte, llevaba así consigo la semilla del desacato moral y, por ello, los artistas se erigieron en un momento dado en los profanadores naturales del tabú. Flaubert, Wilde, Miller, Nabokov, Joyce… se convirtieron, de alguna forma, en héroes de la libertad de expresión, a través de la mera consigna de ser fieles así mismos. El arte impugnó el fundamento mismo del derecho de la moralidad, es decir, la idea de que, en una sociedad democrática, el ordenamiento jurídico tenga legitimidad para defender, incluso a través del ius puniendi del Estado, una determinada moral. La razón última por la que la libertad del artista puede ser defendida como una libertad sin aparentes límites es porque esta se mueve en un territorio de pura ficción, y la ficción, como tal, no puede causar daño.

 

En la actualidad, sin embargo, el estatuto jurídico de la ficción vuelve a estar en entredicho. Esto tiene que ver con el hecho de que culturalmente se ha abierto paso la idea de que existe un derecho a no sentirse ofendido, es decir, que no es ya la antigua moral social, sino que los sentimientos y creencias personales pueden constituir un límite a cualquier expresión ajena y, en particular, a la expresión artística. Son también mayores las posibilidades actuales de articular estrategias para canalizar la pasión por silenciar de algunos y condenar al ostracismo, o por lo menos intentarlo, a determinadas voces. Lo que conocemos, en sentido amplio, como cultura de la cancelación.

En todo caso, no es sólo que el estatuto de la ficción hoy sea discutido, sino que el propio artista se desprende en ocasiones de la ficción para adentrarse en el arte sin representación, donde las cosas creadas por él ocurren realmente, o en ficciones sucias – como la auto ficción-, indiscretas o temerarias, en las que no es fácil discernir el pacto que éste propone al lector, y donde los derechos clásicos de la personalidad, la intimidad, el honor, pueden verse afectados.

En un mundo donde la inteligencia artificial generativa avanza en el adiestramiento de la creatividad, el artista, su libertad, vuelve, paradójicamente, a situarse de nuevo en el centro de la discusión social. El tatuador, el grafitero, nos recuerdan la relación del arte con lo tangible. Otras formas artísticas parten del propio cuerpo, de hacer artística la propia experiencia. Y nuevas irreverencias surgen al mismo tiempo que se afirman nuevos tabúes. En definitiva, cuando parecía que el Estado Social subvencionando el arte subversivo había terminado con la subversión, la realidad confirma que la rebelión en el arte es algo que, de una forma u otra, se está haciendo siempre.